El libro de la Mano de Fátima

Hace ya bastante que se publicó la novela de Idelfonso Falcones, “La mano de Fátima”, y aún vale la pena hacer análisis y comentar acerca de uno de los libros que, sin duda, está llamado a formar parte de la historia de la literatura hispana. No en vano ganó en el año 2010 el premio Roma en la categoría de Literatura Extranjera.

Y es que el libro estaba precedido por la aclamada ópera prima de Falcones, “La Catedral del mar”, lo que permitió a los lectores adivinar que este nuevo ejemplar sería realmente bueno. De hecho, siendo apenas la segunda obra del autor, vendió 50.000 ejemplares el mismo día de su publicación.

Un pueblo recién vencido también tiene dignidad

En 1492 llega Colón a América, pero también en ese año se expulsa a los moros del hasta entonces Califato de Córdoba, que pasa a formar parte de las posesiones de los Reyes Católicos de España. La obra se desarrolla pocas décadas después, en 1568, cuando la presencia de los moros en las tierras católicas era una concesión real por un lado, pero una humillación por el otro.

Los moros constituían la escoria social, como herederos de una guerra perdida. Tan poca cosa se les considera, que uno de los sacerdotes viola a una mujer morisca, Aisha, sin otra consecuencia que el nacimiento de Hernando, a quien en burla por su bastardo origen llaman “Nazareno”. Todo el pueblo sabía quién era su padre.

Hartos de las constantes injusticias y humillaciones, los moriscos, obligados a venerar símbolos religiosos en los que no creen, se alzaron contra los cristianos, con lo que se inicia una guerra asimétrica (la guerra de las Alpujarras) en la que, como bien indica la historia, los cristianos volvieron a ganar. No obstante, no podrá decirse que hayan sido sumisos ante el maltrato recibido.

El bastardo que demuestra su valor

Hernando no sólo es socialmente débil por ser morisco, sino también por ser un hijo bastardo y, aunque es vox populi que su madre fue víctima de violación, esto no parece convertirlos en víctimas, sino en simples depositarios de la inquina racial y religiosa. Incluso su padrastro lo desprecia constantemente.

El surgimiento de la guerra pone a su alcance la oportunidad de demostrar su valor ante su padrastro y también ante su raza. La guerra es cruentísima y Hernando, quien toma como nombre árabe el de Hamid ibn Hamid, salva la vida de la joven Fátima, de quien se enamora y con quien se casa más adelante.

Durante el tiempo que dura el relato, Hernando, Nazareno o Hamid, no sólo cambia de nombre, sino que también pasa de la pobreza a la riqueza, regresando de nuevo a la pobreza. De ser un paria se convierte en un guerrero, para luego tener que confundirse junto al resto de los moriscos derrotados por el reino de Castilla, donde aún moran muchos de sus descendientes. Tras la guerra, Hernando debe vivir en una Córdoba cristiana bajo la indigna condición de morisco.

Pero la historia de Hernando sirve de hilo conductor para mostrar con crudeza la crueldad de los hombres en aquellos tiempos, la infinita dignidad de los pueblos y una historia de amor imposible. Su condición mestiza parece ser una alegoría de nuestros tiempos; de la España que al cabo de medio milenio es más diversa que nunca y que convive con el mundo árabe como parte de sí misma.

El paralelismo histórico en la mano de Fátima

La carátula del libro La Mano de Fátima, de Ildefonso Falcones

La carátula del libro La Mano de Fátima, de Ildefonso Falcones

La guerra de las Alpujarras fue una guerra que procuraba la exclusión de parte de la población; cada uno de los dos bandos intentaba imponer sus usos y costumbres al otro, empezando por su religión. Dado que el poder político y el religioso iban de la mano, era menester convertir a la población para poder dominarla, y quienes se negaban a tal conversión eran excluidos. No eran posibles las medias tintas.

En “La mano de Fátima”, Hernando, sin abandonar ni su religión ni su causa, que en el fondo es la restitución del Reino árabe de Granada, tiene una postura compasiva ante el enemigo, quizá por su condición de ser biológicamente hijo de un cristiano. Su postura no contaba con respaldo entre sus filas debido a lo planteado anteriormente; se trataba de una guerra de exclusión.

Si en aquellos tiempos los humanos iniciaban y desarrollaban crueles guerras, hoy sigue la humanidad cultivando esa extraña costumbre. La crueldad, como puede verse cada día en los informativos, no es ahora menor que antes, ni cobra menos víctimas; por el contrario, cada vez son más las barcas que intentan alcanzar Europa desde una Siria devastada, en una repetición eterna del viejo guion de la guerra entre las culturas.
En la España y en la Europa de hoy, uno de los bandos ha adoptado un modelo de Estado seglar, mientras que el otro sigue atado con fuerza a la religión, con lo que se produce un desequilibrio en el que siguen vigentes algunos de los más duros relatos de la obra: tribunales religiosos que operan paralelamente a los civiles (ocurrió en Cataluña), asesinato de cristianos tras considerarlos espías, aplicación de la sharía, guerra santa, degollamientos; en fin, imágenes que hemos visto en la televisión en los últimos años.

El relato de amor que nos permite avanzar

La realidad está presente en la obra todo el tiempo, mostrada sin tapujos, sin concesiones y además con gran rigurosidad en los asuntos legales, como corresponde a Falcones, que es abogado. El planteamiento es tan duro que algunos lectores se encontrarán impelidos a buscar alguna forma de compasión en el relato.

Fátima es quien aporta, con su enorme dedicación, ese refugio de ternura. La historia de amor entre Hernando y Fátima tiene, además, un final emotivo que obliga a releerlo. El autor supo conjugar los elementos para endulzar una lectura que puede llegar a ser dolorosa.

La obra, además de los numerosos reconocimientos y de las ventas obtenidas, le ha valido a Ildefonso Falcones un honor muy inesperado. Buena parte de la obra se vincula con el pueblo de Juviles, lo cual convirtió a la población en un lugar muy popular y en un pequeño centro de turismo. El pueblo, agradecido, le ha puesto el nombre Ildefonso Falcones a una de sus calles.